01 noviembre, 2013

Un escritor a favor de los hombres que sufren (Crítica de "Personas como yo" de John Irving)

Título: Personas como yo 
Autor: John Irving
Editorial: TusQuest
472 pág.
En Personas como yo la escritura del norteamericano John Irving (Exeter, New Hampshire, EE UU, 1942) se muestra en pleno vigor. Como tantas veces ha hecho a lo largo de su dilatada carrera, su penetrante mirada se posa sobre individuos que se encuentran en inferioridad de condiciones respecto de la fuerza que representa la mayoría, acaso una mayoría sólo basada en la fuerza de la costumbre y la razón de la fuerza. En la historia que nos ocupa la inferioridad no es social, económica o cultural, sino que hablamos de no ser como el resto, de pertenecer a un grupo reducido, marginal y, hasta hace nada, marginado.
Durante la lectura de la novela he recordado varias veces otra narración más antigua y menos conocida, que me hizo pensar mucho en su momento ya de esto hace varias décadas. Me estoy refiriendo a El amante lesbiano de José Luis Sampedro que ahonda más en una idea que ya se presentaba en su enorme Octubre, octubre: la sexualidad humana no es tan simple como aparenta o nos quieren hacer creer. Según las cuentas que hice al leer a Sampedro, podríamos hablar de nueve maneras diferentes de ser sexualmente hablando según se combine sexualidad física, anímica y mental..., pero eso es otra historia.
A pesar de los avances en el respeto de las diferentes clases de relaciones sexuales —más en Europa que en EEUU—, una mayoría amplísima se siente muy incómoda entre quienes manifiestan ser homosexuales (ya gays ya lesbianas) o transexuales. La homofobia es más habitual de lo que se pretende aparentar. Pues bien, parece que ser bisexual, al menos esta es
la tesis que sustenta la novela, genera todavía más desconfianza o inquietud, incomprensión y rechazo. Y sobre todo confusión e indecisión en quien lo es, al menos en la primera etapa de la vida en que la pulsión sexual empieza a ser vital para el individuo: la adolescencia.
Capital en el desarrollo de la novela —no sólo por lo que sea para el protagonista—, es la constante alusión a las obras de William Shakespeare. Me parece que el autor pretende demostrar que toda esta cuestión de las diferencias que ha desembocado en el movimiento cívico y de carácter universal LGTB, no se trata de un invento contemporáneo, un capricho nacido acaso de una civilización demasiado muelle o laxa respecto de las costumbres, que desemboca en la perversión, según la idea de los sectores más inmovilistas. Pretende demostrar que se trata de una pulsión del individuo interna e insuperable y que en ocasiones si no se hace real es por la tremenda opresión que se ejerce en esos años capitales de la infancia y adolescencia a través de la familia, el sistema educativo y el ambiente social. Para demostrar esta tesis, ha partido nada menos que del icono de las letras anglosajonas, del autor sagrado para los anglohablantes. No es apuesta baladí, porque, además, supone una relectura muy interesante del genio. Mucho se ha escrito sobre la homosexualidad o indefinición sexual de Shakespeare, pero nada hay definitivo ni claro… Ni lo habrá, por suerte.
(Una digresión entre paréntesis. Me da envidia —muchísima envidia— el respeto y el modo en que se estudia la literatura en inglés en EEUU, el amor que demuestran al teatro de William Shakespeare, tanto que una pequeña ciudad de la más profunda USA existen dos grupos de teatro aficionado que se dedican a representar obras no fáciles.
Y por apurar la digresión: Personas como yo abunda en recomendaciones de lecturas sin duda admiradas por el autor, en especial Madame Bovary. Y no deja de ser curioso que una historia de adulterio tan normal y tan heterosexual, sea la que sirva para la formación sentimental del protagonista. Me parece que Irving está diciendo a sus lectores que el amor tiene poco o nada que ver con la coincidencia o no de los genitales de los amantes).
La vida de Bill, el escritor narrador y protagonista de la novela, es como una carrera de obstáculos en busca de su identidad sexual, por tanto personal, que se tiene que vivir en el más absoluto de los secretos y con el sufrimiento que acarrea. Aunque quizá más que sufrimiento, sería mejor hablar de sorpresa, a pesar del entorno familiar en que se mueve: su padre homosexual, su prima lesbiana, su abuelo transformista camuflado en la vieja tradición teatral de que sean los hombres quienes interpreten papeles femeninos. Y la mayor de todas las sorpresas: descubrir, casi al mismo tiempo, que le atraían casi con la misma fuerza el hombre que se habría de convertir en su padrastro y la bibliotecaria del pueblo.
La homosexualidad a lo largo de la historia (y no nos engañemos, los bisexuales —como los transexuales— siempre han sido considerados como homosexuales provistos de escudo o disfraz o más inclinados al vicio y a la perversión) ha sido un estigma, peor aún, un tremendo pecado, cuando no un delito, que a veces era –y es- suficiente causa para acabar con la vida de las personas. ¿Cuántos hombres y mujeres han sido acusados de brujería por la práctica del vicio nefando y han ardido en las hogueras de la Inquisición? ¿Cuántos hombres y mujeres viven perseguidos y encarcelados en los países árabes por razón de sus inclinaciones sexuales?
Es suficiente tema como para escribir una novela. Ponerse del lado del más débil, del perseguido, del mirado como un bicho raro, como un monstruo o aborto de la naturaleza, también debería formar parte de la ética del escritor. Sin embargo el autor narra una vida sin dramatismos, provista de normalidad, incluso con ironía y ternura. Nadie podrá acusarlo panfletario, ni siquiera de novela de tesis; simplemente narra con naturalidad la vida de una persona con una determinada tendencia sexual, como cualquiera de nosotros tiene la suya.
Si uno ha leído algo de la obra de John Irving, sabe a ciencia cierta que el escritor es testigo de su época y no debe rehuir las cuestiones más peliagudas. Personas como yo no es una excepción, sino por el contrario, un subrayado de esta tendencia.
Sin embargo he encontrado algunas pegas, aunque quizá se trate de cuestiones personales o desconocimiento por mi parte.
Durante la lectura de esta obra he tenido la sensación de que sobreabundan respecto de la realidad gays, lesbianas, transexuales y bisexuales. En su propia familia es casi un milagro que los varones sean heterosexuales, y quien lo es, es alcohólico, aunque muy buena persona. A veces uno tiene la impresión de que ser heterosexual es lo forzado, lo anacrónico. Ya digo, puede ser una percepción de alguien que vive en una pequeña ciudad castellana donde aún se mira con extrañeza el hecho de que dos hombres o dos mujeres vayan de la mano, donde, en el fondo, se sigue pensando en perversión o —en el caso más misericordioso— en enfermedad con cura.
Me parece —y quizá por ello el entorno familiar del protagonista— que a pesar de colocarse indudablemente al lado del movimiento LGBT, el autor pretende explicar que una parte no pequeña de su condición se debe a cuestiones de herencia genética. Si bien, por un lado, de ser cierto, implica que no se trata de una libre elección, sino que uno es lo que es con independencia de su voluntad, lo que debería significar de inmediato la abolición de todo tipo de odio o prejuicios hacia los homosexuales, esto huele a tufillo conductista, a conclusión fácil. De los homosexuales que uno conoce no podría decir que proceden de familias con antecedentes en este sentido. Estoy de acuerdo con Irving en que la identidad sexual no depende de modas o costumbres, sino que está en la propia esencia genética del individuo, pero esto no quiere decir que se trate de herencia genética, como parece sugerir en alguna ocasión. (Estoy hablando, repito, de identidad, no de práctica ni siquiera de costumbres).
Pero la mayor pega que pongo a la novela, no tiene nada que ver con Irving. Creo que el título que se le ha dado a la novela en español es menos afortunado que si se hubiera hecho una traducción literal del original. In one person —En una persona o En una sola persona— hubiera resultado mucho más fiel a la idea de Irving que incluso hace referencia al misterio de la Trinidad para decir que en una sola persona se pueden dar varias realidades mucho más complejas.
Y por no alargarme más, a parte de recomendar la lectura de la novela, concluiré diciendo que sus últimos capítulos, en especial a partir del duodécimo, destilan una emoción que tiene que invadir a cualquiera sensible. Si hay algo injusto y deleznable en el ser humano es mofarse del sufrimiento ajeno, y allá por los no tan lejanos finales de la década de los ochenta del siglo pasado, muchos interpretaron la virulencia del SIDA como un discurso divino contra la perversión homosexual…
Hoy que en nuestra civilización occidental el SIDA se ha reducido y se ha convertido en una enfermedad crónica —por tanto menos estigmatizada—, en la zona más pobre y reprimida del planeta, África, esta pandemia continúa matando a cientos de miles de personas. Entretanto, el núcleo de la sociedad bienpensante continúa cargando contra el sexo, y mucho más contra las relaciones homosexuales, pensando que sólo hay un modo válido de disfrutarlo y llegar al orgasmo y ser feliz. Lo verdaderamente importante parece que es la unión de órganos genitales femeninos con masculinos y no el equilibrio y la felicidad del corazón y de la mente.
Autor de la crítica: Amando Carabias.
Valoración del Club: 4.21/5

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