01 octubre, 2013

Crítica: "La playa de los ahogados", más que una novela de género.

Lo común con el género policiaco

La playa de los ahogados
  • Autor: Domingo Villar
  • Editoral: SIRUELA
  • ISBN: 9788498411294
Estoy de acuerdo con dos afirmaciones que suelen realizarse en algunos ámbitos literarios. De un lado pienso que la división en géneros y subgéneros (novela negra, policiaca, erótica, histórica, romántica, de aventura, de terror, de ciencia ficción, etcétera) simplemente debería ayudar para explicar la atmósfera, el tono, la razón de ser del argumento, no para señalar con dedo acusador menor excelencia literaria. Soy de los que opina que se escriben buenos o malos libros. Por otra parte, comparto la teoría de que la denominada literatura policíaca es uno de los géneros que mejor sirven para radiografiar la turbulenta realidad en que se mueve la vida cotidiana del ser humano contemporáneo, al menos el que vive en esta civilización occidental siempre sometida a la tensión, el apresuramiento, el desarraigo y que convive con la violencia como se convive con el respirar.
Domingo Villar (Vigo, 1971) al escribir Las playa de los ahogados, es respetuoso con las características esenciales del género. El lector, por tanto, sabe desde su inicio que lee una novela cuyo argumento es la investigación que tratará de encontrar las causas de un muerte; pero además, y aprovechando esta investigación y otras circunstancias, el autor gallego reflexiona sobre los límites entre la vida y la muerte, las razones por las que un ser humano pude dejar de serlo a manos de otros o a sus propias manos. Asimismo, y cumpliendo con lo más básico del género, presenta un caso que parece irresoluble con los primeros datos de que se dispone; es más, muchos hubieran decidido un suicidio, con lo que no habría habido investigación.
Suele afirmarse también que una de las características de nuestra narrativa contemporánea
—no me refiero ahora a la escrita en español, sino a toda la literatura occidental— es la ausencia de héroes en el sentido clásico; la inmensa mayoría de los protagonistas tienen enquistada en sí la marca del antihéroe.
Como en la mayoría de novelas de este género, la trama tiene como conductor al personaje central, al investigador que trata de resolver el caso y que, al mismo tiempo, se convierte en los ojos, en la mirada del autor o autora que contempla el nuestro mundo desquiciado. Por tanto, la permanencia del mismo policía o investigador a lo largo de varios libros es la que otorga carácter unitario y de largo aliento a la obra de un escritor, y aunque cada novela pueda leerse de modo independiente y sin menoscabo alguno, es a lo largo de la serie como el lector aprehenderá lo que el autor ha pretendido contar, más allá de la resolución de cada caso…, suponiendo que no quede atrapado en la intriga y lea demasiado rápido, saltándose esos fragmentos en los que la trama se detiene, para desespero de quien se ha zambullido en su engranaje.
Leo Caldas, inspector con destino en la Comisaría de Vigo y colaborador de un programa radiofónico, además de marearse cuando viaja y ser un exquisito degustador de la cocina gallega, tiene una vida privada que, si no es un fracaso, se aproxima. En esta entrega apreciamos que vive con las secuelas de una grave lesión afectiva tras la ruptura con Alba, que aparece como eco lejano en momentos puntuales. Su vida, acuciada por la soledad —de la que pretende sacarle su padre con poco éxito—, tiene como lenitivo el ámbito profesional donde demuestra una dedicación, solvencia, aptitud y actitud en grado excepcional.
En estos rasgos básicos de su personalidad y vida cotidiana, nuestro inspector sería equiparable a la estirpe común de los investigadores más importantes de la literatura europea contemporánea. Uno conoce —con más o menos extensión y hondura— a varios de ellos, protagonistas de la literatura policiaca de finales del siglo XX y principios del XXI en Europa: Pepe Carvalho (Manuel Vázquez Montalbán) y Rubén Belvilacqua (Lorenzo Silva) en España; Kurt Wallander (Henning Mankell) en Suecia; Kostas Jaritos (Petros Márkaris) en Grecia; Salvo Montalbano (Andrea Camilleri), Guido Brunetti (Dona Leon) y Proteo Laurenti (Veit Heinichen) en Italia; Jean-Baptiste Adamsberg (Fred Vargas) en Francia; Erlendur Sveinsson (Arnaldur Indridason) en Islandia. Pues bien todos ellos comparten similitudes evidentes con su colega gallego, excepto con Brunetti que se separa de todos en lo que respecta a su vida afectiva.

Lo específico de La playa de los ahogados

Sin embargo, y a pesar de poseer en mayor o menor grado similares características, nuestro inspector vigués no es intercambiable con ninguno de los citados. Caldas aporta cierto tono de melancolía, sorna, laconismo, su mirar y sentir gallego, contrapuesto al modo de ser de su ayudante, el aragonés Rafael Estévez, subraya aún más esta diferencia, que lejos de ser un abismo que aleja, se convierte en un puente que puede unir pues son modos diferentes de atisbar la realidad. Esa aproximación a la vida de Estévez directa, clara, concisa —a veces contundente—, no siempre es contradictoria con el modo más sutil, sinuoso, alusivo y un poco neblinoso de Caldas. Pero sobre todo yo hablaría de idealismo. No se trata de un idealismo cegador que lo aleje de la realidad, sino de un deseo de que la realidad algunas veces no sea tan estremecedora y dura como aparece. Rememorar a esta pareja, es, de algún modo, rememorar la tradición literaria más antigua que nutre toda nuestra narrativa y buena parte de la dramaturgia desde hace siglos: la doble pareja de personajes a través de los cuales el autor presenta al lector una doble posible lectura e interpretación del mundo, la más ideal, a veces irreal, y la más concreta, a veces pedestre. Ni Caldas ni Estévez se sitúan en los extremos posibles, ambos están más próximos que otras parejas nacidas de la literatura, pero creo que se acomodan bastante bien a esta idea.
Centrándome en La playa de los ahogados, además de lo dicho, a mi modo de ver a través de esta novela Domingo Villar reflexiona sobre el miedo que puede atenazar no sólo instantes más o menos largos de un existencia, sino toda una vida entera. Pero la gran reflexión de la obra la construye con maestría sobre una metáfora o alegoría que podría formularse más o menos de este modo: todos nuestros muertos acaban apareciendo en una playa, aunque sea con el aspecto monstruoso de quien lo hace con el rostro desfigurado y devorado por los peces; pero no se refiere sólo al mar y al litoral de una costa, de cualquier costa, sino a las conciencias: un crimen por más que pretendamos ocultarlo siempre acabará saliendo a la superficie, acabará por llegar a la playa de nuestros ahogados.
En esta novela, Domingo Villar aproxima al lector a la dureza de una vida de la vida de los pescadores, en concreto a la de los pescadores de bajura, aunque no faltan alusiones a los que tienen este oficio en mar adentro. Pero más que describir sus faenas o su cotidianidad, lo que se muestra al lector a través de la perspectiva de Caldas, son los estertores de tal modo de ganarse la vida y las consecuencias de este trabajo que marca el modo de ser de los hombres y las mujeres que transitan sus días alrededor de este oficio. El decaimiento y casi consunción de un pequeño puerto que apenas malvive de lo que un día fue una próspera actividad y que se abre a la fuerza imparable del turismo y de los aficionados.
El mundo del mar —tan ajeno a los ojos de un castellano que vive en el centro de la Península Ibérica, como mínimo a más de trescientos kilómetros de cualquier litoral—, se me presenta como una mundo hostil, complicado y duro, de los más duros que pueda haber, pues supone una existencia en un medio ajeno a nuestra naturaleza más bien terrestre. Y el mundo del mar en Galicia, donde el misterio, la presencia turbadora de ánimas y tantos naufragios hace de los marineros seres llenos de la rudeza propia de un oficio tan duro y, al mismo tiempo, personas supersticiosas, dispuestas a creer en un más allá muy próximo, un lugar entre la muerte y la vida del que a veces surgen algunos fantasmas. (Ambiente ideal para cometer un crimen haciendo que parezca un suicidio o viceversa).
A mi modo de ver la gran virtud de esta novela, la que la convierte en buena novela más allá de su pertenencia a un género u otro, radica en su estructura, en el modo en que se va tejiendo la metáfora referida más arriba, y cómo la va presentando el autor a través de palabras claves, palabras que resumen el contenido de cada capítulo, pero que necesitan de la complicidad del lector. Quien se quede en el primer significado de cada uno de los vocablos, normalmente errará el disparo. Villar esconde el significado verdadero del capítulo en la mezcla de los diferentes significados de cada palabra, o lo desplaza hasta el final. En este sentido es ejemplar el primer capítulo con su primera palabra, que hace referencia al título: ahogar.
Desde este inicio, en una escena que —aparentemente— nada tiene que ver con el caso, pues sucede en la habitación de un hospital donde el tío Alberto padece un ataque grave de insuficiencia respiratoria, el lector siente cómo debe ser la vida sin aire, la vida en un constante ahogo. Varias veces —al menos en tres ocasiones que recuerde— describe el modo en que los peces sufren su muerte por asfixia, justo a la inversa que los humanos. Y cualquiera, hasta un lector ajeno al mar, siente esa sensación de angustia o ansiedad que precede a la asfixia definitiva.
Este modo de seleccionar palabras, además de un profundo conocimiento del idioma y un juego de sugerencias con el lector, ratifica formalmente el verdadero sentido del tema y el argumento, que se va sumergiendo en profundidades cada vez más alejadas de la superficie inicialmente entrevista. A la postre, en La playa de los ahogados nada es lo que parece al principio, ni siquiera a la mitad, ni casi al final. Porque en esta investigación, el inspector Caldas no sólo resuelve un caso, sino que al resolverlo, consigue ahondar y retratar el corazón de algunos humanos devastado por el miedo.

Crítica: Amando Carabias

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